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Acerca del artista
Joaquín Flores


Estudié en La Esmeralda. Ahí cursé la carrera pero, mi formación como pintor, creo que se la debo más a amigos que a la escuela propiamente. Lo que me dio La Esmeralda fue ponerme en contacto con la fotografía, y eso fue algo muy importante para mí. Porque una de las cosas que a mí me gusta mucho hacer es caminar. Tener la cámara en la mano me permitió documentar estos recorridos y, a partir de esos documentos fotográficos, empezar a trabajar mis composiciones.

LA PINTURA COMO MATERIA

Más que imagen, la pintura es materia. Hay una frase de Gilles Deleuze que me gusta mucho: la pintura es más que una superficie pero menos que un volumen. La fotografía es completamente una superficie lisa; mientras que la pintura no lo es. Ahora, si hablamos del proceso cognitivo que te lleva a hacer una fotografía, es completamente distinto al que te lleva a hacer una pintura. Por ejemplo, una fotografía es apretar un botón; hacer una pintura es estar un mes con el cuadro —y durante ese mes, durante esa convivencia, pasan muchas cosas.

LA ESTÉTICA DE LA ARIDEZ

A lo largo de mi vida siempre he vivido en la periferia de la ciudad. El borde de las ciudades siempre está cambiando. Es un lugar que está tanto en construcción como en destrucción. Es una cuestión que a mí se me hace muy poética. Es como cuando abren un cerro para hacer una casa: dejan una cantidad de piedras, de tierra, que se vuelve como una orquesta de volúmenes y de texturas. Y, sin embargo, también creo que es un lugar que habla mucho de lo que es nuestro país hoy en día. Nuestro país ya no son indígenas cargando alcatraces. Creo que nuestro país, hoy en día, es más un lugar como éste: son caminos de terracería, perros callejeros… Hay también algo de lo que habla Deleuze que es la catástrofe: estos polos que están entre lo sublime y lo terrible. Y yo creo que mucha de la pintura y del arte está entre estos dos polos. A lo mejor uno puede encontrar belleza justo en las formas de esta catástrofe.

EL SOL DE JOAQUÍN FLORES

Yo viví ocho años en Tultitlan, uno de los municipios en la periferia del Estado de México. Para mí, es un lugar casi postapocalíptico. En las caminatas que alguna vez tuve ahí, una vez me encontré con esto: una especie de altar que hicieron con tierra y con escombros al que le pusieron la cruz. Para mí, este altar significaba el dios de Tultitlan: es el Cristo de Tultitlan. Y para esta pieza, yo quise retomar este aspecto de lo religioso: contraponer esta especie de altar postapocalíptico una vez que se acaba la civilización y la fe con la que desde la Antigüedad se han generado las religiones que son las fuerzas naturales. En primer plano tienes este altar y, en el ultimo, un Sol que se ve distante. Incluso la misma atmósfera no te habla de una presencia tan fuerte del Sol. Pero ahí está —y ese Sol siempre estará y será absoluto una vez que se haya acabado la civilización. Somos perecederos y fácilmente olvidados, mientras que el Sol es algo que está ahí más allá de nuestro propio planeta.

Joaquín Flores

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